El sedentarismo infantil en Chile ha escalado a niveles alarmantes, convirtiéndose en una crisis sanitaria actual. Según el Mapa Nutricional 2025 de la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB), el 51,7% de los niños y adolescentes en el país presenta malnutrición por exceso, y el 24,8% sufre de obesidad, lo que equivale a uno de cada cuatro menores.
La situación es preocupante, ya que el 49,2% de los niños en kínder ya muestra exceso de peso, y la obesidad infantil ha aumentado en 10 puntos porcentuales en los últimos 17 años. Este problema no solo es nutricional, sino que también representa un riesgo significativo para la salud cardiometabólica de los menores. Especialistas advierten que la obesidad infantil está provocando condiciones como hipertensión arterial, resistencia a la insulina, alteraciones en los niveles de colesterol y daño cardiovascular en edades cada vez más tempranas.
El Dr. Paulo Valderrama Erazo, cardiólogo pediatra del Centro Médico Nueva Estoril, señala que “cada vez vemos más niños con hipertensión arterial, resistencia a la insulina, alteraciones del colesterol y daño renal inicial”. Estas condiciones pueden aumentar el riesgo de infartos en hasta cinco veces y el de accidentes cerebrovasculares en casi tres veces en adultos jóvenes, además de incrementar significativamente el riesgo de diabetes desde la adolescencia. El Dr. Valderrama también enfatiza que “un niño con obesidad tiene alto riesgo de ser un adulto con obesidad”, lo que podría llevar a una mayor carga de enfermedades crónicas en el futuro.
El impacto del exceso de peso en la salud de los niños es profundo. El aumento de tejido adiposo afecta directamente al sistema cardiovascular, metabólico, renal, hepático y mental desde la infancia. “Produce alteraciones en el músculo cardíaco, problemas en su relajación y contracción, arritmias e incluso insuficiencia cardíaca. En casos extremos, puede derivar en muerte súbita”, advierte el especialista. Además, se están observando múltiples comorbilidades en la población pediátrica, como hipertensión arterial, resistencia a la insulina, diabetes, colesterol y triglicéridos elevados, hígado graso, daño renal inicial, apnea del sueño e intolerancia al ejercicio.
Uno de los factores que contribuyen a esta crisis es el sedentarismo, que está estrechamente relacionado con el uso excesivo de pantallas. En las consultas médicas, se ha observado que algunos niños pasan entre 6 y 15 horas diarias frente a dispositivos electrónicos. El Dr. Valderrama explica que “el sedentarismo genera un círculo vicioso: disminuye el metabolismo, favorece una mala alimentación y aumenta el aislamiento social”. Estudios recientes han vinculado el uso prolongado de pantallas con un mayor riesgo de hipertensión arterial, colesterol elevado y resistencia a la insulina en niños y adolescentes, además de afectar la calidad del sueño.
Un problema adicional es la subestimación del exceso de peso por parte de los padres; un estudio indica que un 38% de ellos no percibe correctamente el estado nutricional de sus hijos. Entre los signos de alerta que los padres no deberían ignorar se encuentran manchas oscuras en el cuello (acantosis nigricans), perímetro de cintura elevado, fatiga o falta de aire al jugar, ronquidos o pausas respiratorias al dormir, y dolores musculares o cefaleas frecuentes.
En el marco del Día del Deporte y la Actividad Física, los especialistas subrayan que la actividad física es la herramienta más costo-efectiva para revertir esta tendencia. Según datos de JUNAEB, mantener un estilo de vida activo puede reducir el riesgo de malnutrición por exceso en hasta 7 puntos porcentuales. Se recomienda que los niños realicen al menos 60 minutos diarios de actividad física moderada a vigorosa, junto con ejercicios de fortalecimiento muscular al menos tres veces por semana. También es fundamental reducir el consumo de alimentos ultraprocesados, limitar el tiempo frente a pantallas a un máximo de una hora diaria, fomentar la actividad física en familia y asegurar entre 8 y 10 horas de sueño.
El Dr. Valderrama concluye que “estamos frente a una pandemia de obesidad infantil, subestimada y normalizada”, lo que requiere mejoras en políticas públicas y un cambio urgente en la conducta familiar para evitar poner en riesgo la calidad y expectativa de vida de los niños y adolescentes.

