La novela Paranoia, escrita por Daniel Guebel y publicada por Interzona, explora la delgada línea que separa la realidad de la ficción, presentando una narrativa donde mentiras, secretos y conspiraciones se entrelazan, desdibujando cualquier certeza. A través de tres relatos independientes, la obra examina la fragilidad de lo verdadero y la pulsión de sostener ficciones, sumergiendo al lector en un universo donde el amor, la paranoia y el delirio se confunden y oponen con igual intensidad.
En el primer relato, una mujer recurre a la invención —o quizás a la realidad— de un hijo con un pasado marcado por abusos, con el objetivo de retener a la persona amada. El segundo relato sigue a un empresario argentino, un cínico calculador que viaja a la China comunista en busca de la mejor carne de perro para concretar negocios de dudosa moralidad. El tercer relato presenta a un fugitivo perpetuo que lleva a cabo un experimento singular: cruzar la genética humana con plantas carnívoras. Estos argumentos, tan disímiles como inquietantes, se articulan bajo la pluma de un autor que manipula los engranajes de una prosa hipnótica, donde la precisión es comparable a la de un orfebre y el humor ácido diluye la frontera entre lo real y lo imaginario.
La narrativa sitúa a padres, hijos y amantes como agentes de un vórtice donde todo se vuelve sospechoso y contradictorio, creando un ambiente enrarecido. Así, se erige una indagación sobre la naturaleza ambivalente del deseo, donde la narración, el amor y la manipulación se entrelazan, y la ternura se transforma en amenaza. En palabras del propio texto, “Después de todo, ¿hay algo creativo en una mente paranoica?”
La trayectoria de Daniel Guebel ha sido reconocida por su amplitud y registro, así como por su capacidad para transitar entre la desenfrenada crudeza del documentalismo y la autobiografía, como ha destacado Alan Pauls. Con treinta libros publicados, su obra abarca novelas, cuentos y teatro. Entre sus títulos más destacados se encuentran Absoluto —galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras y el Premio Nacional Municipal de Novela—, Judío —que recibió el Premio Crítica en la Feria del Libro por su creación literaria en 2019—, Mis escritores muertos, Enana blanca, Vida de Perón, Derrumbe, Nina, El caso Voynich, entre otros. Su producción ha sido traducida a varios idiomas, incluyendo inglés, francés, italiano, ruso y portugués.
Nacido en Buenos Aires, Guebel ha desarrollado una carrera multifacética como escritor, periodista, guionista de cine y dramaturgo. Sus obras teatrales incluyen Adiós Mein Führer, Tres desesperar, Patria peronista, Padre y Dos ordinarias —en coautoría con Sergio Bizzio—, que reúne “La China” y . Su bibliografía también incluye novelas como Arnulfo o los infortunios de un príncipe, La perla del emperador, Los elementales, Matilde, Cuerpo cristiano, Terrorista perseguido, Día feliz, Charlie Feiling (junto a Carrera Fracassi), Ella, Las mujeres que amé, Ser querido, Padres, Sherezade, Evita, Genios destrozados (tomos 1 y 2). Actualmente, Guebel se desempeña como editor de investigación periodística y colabora con diversos medios de comunicación.
A continuación, se presentan las primeras páginas de la novela:
Un otoño, sin conocer bien los motivos, interrumpí mi relación con María. Luego, con el tiempo, me pesó su ausencia y entonces la busqué. En la dulzura de los primeros momentos de reconciliación, ella me entregó cosas que nunca antes había decidido confiarme, aspectos que yo no tenía noticia. Al principio relataba antiguos acontecimientos familiares, de su infancia. Después avanzó en las fechas y se acostumbró a llamarme por teléfono, soltando anécdotas a altas horas de la noche. Podía detenerse, recomenzar, retroceder en los temas, fluir sin fin. En ocasiones se levantaba del sillón, hacía ruido en la cocina, ponía a calentar agua, volvía a sentarse, alzaba el tubo del teléfono, murmuraba sí o no, y al rato nuevo preparaba té y regresaba. María advertía esas ausencias y eso la molestaba. Me molestaba que estuviera tan segura de mi interés, que dijera lo que dijese. Gritaba de dolor y miedo: estábamos ambos a punto de morir en el parto. Empezó a sentir que le faltaba aire y tuvieron que colocarle una máscara de oxígeno; se desmayó unos instantes. Al volver, entre brumas de semiconsciencia, vio unas piernas que aparecían lentas, una cosa amarilla y sangrienta, un monstruo que colgaba de una soga ahorcada. El obstetra maniobró para evitar que la criatura se ahogara. Apenas lo hizo, Adrián, que aún permanecía medio dentro del cuerpo de su madre, soltó un quejido desgraciado. Salió. Los médicos dijeron que el parto había sido normal, pero a partir de entonces tuvo tranquilidad. Sabía que Adrián era diferente al resto de los chicos y que manifestaría algún problema en algún momento. Estaba nerviosa, volvió a fumar, mostraba su irritabilidad. Marcelo, su marido, discutía todo el tiempo, acusándose mutuamente de las peores cosas. Ella pedía que se fuera, él negaba: “Yo compré la casa”, decía. “¿Querés que yo me vaya, que quede en la calle con la criatura, preferís que desaparezca y te deje?”, contestaba ella. Marcelo terminó por irse. Cada tanto, a la madrugada, él volvía. Mezclaba alcohol, estimulantes, antidepresivos y cocaína. Golpeaba la puerta y ella abría. Entonces corría al cuarto y lo abrazaba contra su pecho, fuerte, hasta hacerle llorar. Ella lloraba también, apretaba su cara y decía: “Hijito mío adorado, tu mamá echó a tu papá, siento que soy muy infeliz por vos”. Lo dejaba dormir allí, acostado en el piso, ante el cuarto, como un guardián. Odiaba que a veces, temprano en la mañana, él la despertara a puntapiés. Se doblaba de la misma manera, cubría su cabeza con las manos y salía corriendo de la casa, regresando semanas, meses después. La escena se repetía con alguna otra variación. A los dos años de su nacimiento, Adrián daba señales de reconocer a María, su presencia mantenía la calma. Sin embargo, ella chillaba cuando se acercaba alguna persona. Soltaba agudos gritos cristalinos, transparentes, con una modulación que acababa con el aire. El pediatra dijo que esa conducta cedería y mandó a hacerle una serie de estudios. Los resultados indicaron que los síntomas respondían a una enfermedad particular, pero no a un complejo de determinaciones neurológicas que requerían cura. Para mantenerse estable, debía recibir tratamientos cuyos costos no podía afrontar. Sí, porque pertenecía a una familia de fortuna. Sin embargo, ella solo aportaba peso. Inició un juicio contra la empresa de medicina prepaga para que cubriera los gastos y otra demanda por cuota alimentaria. Pero los juicios se extendían y ramificaban, las partes pedían pruebas y contrapruebas, cada uno cambiaba de abogados, y algunos habían sobornado a Marcelo. Cuando la conocí, ella pasaba el tiempo visitando estudios jurídicos. Sus salidas eran para conseguir una cuidadora, ya que no podía quedarse sola. Las jornadas eran recorridos agotadores (abogados, auditorías), y a medida que se acercaba, escuchaba el crescendo de su hijo, las voces de la cuidadora –que no duraban más de par de semanas– tratando de calmarlo ante los gritos de los vecinos. La situación era conmovedora. Le ofrecí ayuda y aceptó de inmediato. Consulté a especialistas en trastornos de la infancia, neurólogos y psicólogos. Tuve respuestas y propuestas que le transmití. Ella se mostró aliviada, era su única tabla de salvación –“mi vida sería mucho más horrible sin vos”– pidió que gestionara encuentros con los especialistas. A los pocos días, las secretarias avisaban que había faltado a la cita y preguntaban si quería reprogramar el turno. También le cobraban la consulta perdida. En las oportunidades, mis reproches eran constantes, alegando el exceso de problemas, cansancio y confusión, y ella manifestaba arrepentimiento y voluntad de enmienda. Se le ocurrió, hundida en la desesperación, dar un paso más, albergar al menos una gota de esperanza de sentirse mejor, aunque luego se sintiera defraudada al aceptar la continuidad de su estado. Para obtener ayuda, entonces, creía que necesitaba tener a alguien con quien hablar. Una vez, sin embargo, refirió un punto de claridad. Antes, dijo, había llegado un aviso al mediodía que le dio cuenta de que debía comprar algunos comestibles para preparar el almuerzo. En general, los pedidos por internet a grandes cadenas mayoristas alcanzaban a la camioneta de reparto, pero el sindicato de empleados de transporte alimenticio había iniciado una huelga por aumentos salariales, lo que interrumpía la distribución. Como alternativa, quedaban los supermercados chinos del barrio, que plegaban a las medidas de fuerza y pertenecían a una mafia china. Evaluó que, ante la crisis, notarían su ausencia, y desistió de la idea: sola, en un segundo. Explicarle la necesidad de salir era imposible. Ella discernía entre “yo”, “mamá”, “vos”, “nosotros”, “ellos”, “eso”. Y a su edad, todavía usaba pañales. Llevarlo encima era complicado, llovía. La lluvia fina y resbaladiza sobre la vereda. Amagó retorcerse a sí misma y acercarse. Era habitual. Venían mugidos acompañados de llanto. Habló suavemente, sabiendo que no servía de nada. En una ocasión, mirando por la ventana con un gesto de curiosidad, dejó que su madre lo tocara, primero con un dedo, después con dos, durante unos segundos. Preveía retirarlos apenas tuviera una menor reacción. Nada ocurrió. Hablarle, lo harían. Él mostraba interés por la explicación, seguía el movimiento de las gotas de agua que se deslizaban por el vidrio. Buscó la dirección de su mirada y dijo: “Lluvia”. Salieron. Caminaba a su lado, desparramándose frente a él, con los ojos y las mejillas empapadas. “Era la primera vida, quizás la última”, comentó.

