La picazón intensa en la piel puede ser aliviada mediante el rascado, aunque este acto también puede inducir o agravar una inflamación. Un estudio reciente publicado en la revista Science ha presentado un hallazgo sorprendente que ayuda a entender esta aparente paradoja: rascarse no solo incrementa la sensación de picazón, sino que también puede cumplir una función defensiva contra infecciones bacterianas. A pesar de este posible beneficio inmunológico, los expertos de la Universidad de Pittsburgh, en Estados Unidos, han advertido en un diálogo con Infobae que, cuando el rascado se vuelve crónico, el daño causado por este supera cualquier ventaja defensiva que pueda ofrecer.
Durante décadas, se había asumido que el rascado era una respuesta evolutiva destinada a eliminar irritantes y parásitos de la piel. Sin embargo, se sabía que existían afecciones inflamatorias como la dermatitis atópica y el eccema que complicaban esta visión. Ahora, los investigadores de Pittsburgh han descubierto la existencia de un circuito neuroinmunológico que explica esta aparente contradicción: al rascarse, las neuronas del dolor liberan una sustancia química que activa células inmunitarias clave. Este hallazgo fue realizado a través de experimentos en ratones.
Aaron Ver Heul, un experto en inmunología de Washington St. Louis, destacó en un artículo de análisis la importancia de este hallazgo. Los resultados “aportan una explicación fisiológica y molecular de qué ciclo es necesario completar en el circuito neuroinmunológico”, escribió. De acuerdo con Ver Heul, más allá de definir lo desconocido, los hallazgos “pueden sentar las bases para nuevas terapias que ayuden a quienes sufren de picazón crónica”.
La picazón en la piel es un fenómeno biológico complejo que puede ser provocada por factores externos como el polen, productos químicos, reacciones alérgicas, enfermedades e incluso problemas neurológicos. La piel, siendo el órgano más grande del cuerpo, cuenta con una densa red de terminaciones nerviosas especializadas que detectan distintos estímulos. Hasta ahora, se ha observado que muchas de estas terminaciones están estrechamente relacionadas y comparten un receptor llamado TRPV1, lo que ha llevado a debatir si la picazón es simplemente una forma leve de dolor.
Daniel Kaplan, uno de los líderes del estudio, comentó que su equipo ha estado investigando cómo los estímulos provocan sensaciones dolorosas y desencadenan la picazón. “Queríamos saber si los desencadenantes alérgenos que generan la sensación de picazón producían una respuesta similar”, explicó. Kaplan añadió: “Nos sorprendió descubrir que la activación parecía tener un efecto directo sobre la inflamación. En cambio, el comportamiento inducido por el rascado fue un factor clave en la generación de inflamación”. Esto significa que sus colaboradores demostraron que existen circuitos separados para los mecanismos de picazón y dolor.
Para llevar a cabo la investigación, el equipo propuso estudiar el rascado, a pesar de que este puede empeorar ciertas condiciones, ya que es un comportamiento instintivo. Para ello, estudiaron un modelo de contacto alérgico, similar a la reacción que causa la hiedra venenosa o ciertos metales. Los científicos diseñaron un experimento en el que expusieron a ratones a alérgenos que provocan picazón. Algunos de los animales tenían intactas sus capacidades de rascarse, mientras que a otros se les impidió físicamente mediante pequeños collares. Al comparar los resultados, se observó que los ratones que no podían rascarse presentaban una menor acumulación de dolor.
Uno de los descubrimientos más relevantes fue que la llamada molécula P estimula a los mastocitos, que desempeñan un papel crucial en las respuestas alérgicas e inflamatorias. Kaplan explicó: “La activación de los mastocitos provoca la liberación de esta molécula. Pero cuando una persona se rasca, se genera una segunda vía de liberación. Por eso, el rascado genera inflamación, además de que se demostró que la ausencia de irritación inicial es significativa”. La liberación de la molécula P desencadena una cascada de hinchazón, lo que añade un aspecto negativo al proceso, aunque también se observó que reduce la cantidad de Staphylococcus aureus, una de las principales bacterias responsables de infecciones cutáneas.
La científica coautora Marlies Meisel comentó: “El hecho de que el rascado mejore la defensa sugiere que en ciertos contextos puede ser beneficioso”. Sin embargo, aclaró que las lesiones provocadas por el rascado son probablemente persistentes y crónicas. Cristina Pascutto, secretaria general de la Sociedad Argentina de Dermatología, afirmó que este estudio demuestra que el rascado es un desencadenante de procesos inmunológicos que llevan a la inflamación. Como consecuencia, puede exacerbar enfermedades. Pascutto sugirió que podrían desarrollarse estudios farmacológicos para abordar estos hallazgos. Además, la especialista agregó que en la práctica médica se observa diariamente que los pacientes tienen lesiones por rascado, lo que altera la barrera cutánea y aumenta la posibilidad de infecciones. En cuanto a la necesidad de realizar trabajos que demuestren estos efectos en humanos, Pascutto enfatizó que es un área que requiere atención.
Las implicancias de este descubrimiento son importantes tanto para la dermatología como para la inmunología. Ahora se sabe que la picazón inflamatoria cumple una función protectora, aunque en condiciones como la dermatitis atópica, este mecanismo puede volverse perjudicial. Este estudio, financiado por los Institutos Nacionales de Salud y la Fundación Alemana de Investigación, abre la puerta a potenciales estrategias terapéuticas. Kaplan concluyó: “Nuestro trabajo pone de relieve la importancia de entender estos mecanismos. Esperamos que se desarrollen nuevas terapias dirigidas a aliviar a quienes padecen este trastorno”. La idea de bloquear el rascado sin comprometer la defensa sugiere que se han detectado mecanismos que podrían estar involucrados en otras condiciones inflamatorias, como la rosácea y la urticaria, lo que plantea la posibilidad de que este proceso contribuya a que las personas desarrollen posteriormente asma o alergias alimentarias.

