La novela de Adolfo Bioy Casares, Guerra de los cerdos, presenta un escenario distópico donde los ancianos son objeto de violencia y desprecio en una sociedad que ha decidido deshacerse de ellos. A través de la experiencia de Isidoro Vidal, el protagonista, se revela una realidad inquietante que comienza de manera abrupta y se desarrolla en un contexto de miedo y agresión hacia los mayores. En una salida con amigos, Isidoro escucha un alboroto y, al acercarse, se da cuenta de que no se trata de un perro, como se pensaba, sino de un hombre anciano, conocido en el barrio como don Manuel, un vendedor ambulante. Este descubrimiento marca el inicio de una serie de reflexiones sobre la vulnerabilidad de los ancianos en una sociedad que los ha marginado.
La narrativa de Bioy Casares, escrita en 1969, se sitúa en un futuro que, aunque ficticio, resuena con preocupaciones contemporáneas sobre el trato a los ancianos. Isidoro, quien vive en un conventillo, se enfrenta a la realidad de que los ancianos son despojados de su dignidad y, en muchos casos, de su vida. La situación se agrava con la falta de apoyo gubernamental, ya que se menciona que la jubilación se retrasa y que los ancianos son considerados una carga. “La pensión será tema de charla y preocupación, primer maltrato”, se menciona en el texto, reflejando la angustia de aquellos que han trabajado toda su vida y ahora se ven despojados de sus derechos.
El personaje de Isidoro se convierte en un símbolo de la lucha por la dignidad en un mundo que parece haber olvidado a los mayores. La novela plantea preguntas profundas sobre la identidad y el valor de la vida en la vejez. “¿Qué edad tiene? Todavía -es único sabemos- cumplió 60”, se cuestiona, sugiriendo que la percepción de la vejez es subjetiva y está influenciada por la sociedad. La obra también aborda el miedo a la vejez y la muerte, así como la forma en que la sociedad trata a aquellos que considera “inútiles”.
A lo largo de la novela, se exploran las dinámicas de poder y la violencia que se desata contra los ancianos. “Los viejos levantan taxis, les venden algunos negocios, pueden atacar cualquier esquina”, se describe, lo que ilustra cómo la violencia se ha normalizado en la vida cotidiana. La figura del anciano se convierte en un blanco fácil, y la sociedad se divide entre jóvenes que temen ser contagiados por la “vejez” y aquellos que, como Isidoro, intentan sobrevivir en un entorno hostil.
La obra también hace eco de las reflexiones de la filósofa Simone de Beauvoir, quien en su ensayo de 1970 abordó la percepción de la vejez en la sociedad. Ella argumentaba que “toda sociedad tiende a vivir, sobrevivir; exalta vigor, fecundidad, ligados a la juventud; teme desgaste, esterilidad, vejez”. Esta idea se refleja en la narrativa de Bioy Casares, donde los ancianos son vistos como un lastre y se les niega su humanidad.
El contexto político de la novela también es relevante. Se menciona a Juan Domingo Perón y a los jóvenes turcos, haciendo alusión a la historia argentina y a los movimientos políticos que han buscado el poder a expensas de los más vulnerables. La violencia y el miedo se convierten en herramientas de control social, y la figura del anciano se transforma en un símbolo de lo que la sociedad desea erradicar.
La obra de Bioy Casares no solo es una crítica a la forma en que se trata a los ancianos, sino que también plantea preguntas sobre la identidad, el valor de la vida y la memoria colectiva. A medida que avanza la trama, se hace evidente que la violencia contra los ancianos es un reflejo de una sociedad que ha perdido su rumbo y que, en su búsqueda de un futuro, ha decidido sacrificar a aquellos que representan el pasado. La novela se convierte así en una alegoría de la lucha por la dignidad y el reconocimiento de la humanidad en todas las etapas de la vida.

