En un entorno marcado por una atmósfera invernal, se presenta una escena en la que la nieve cae de manera tenue sobre una llanura. Esta llanura se encuentra adyacente a una colina, donde se erigen miles de troncos oscuros. Estos troncos, de un grosor comparable al de los durmientes de ferrocarril, exhiben alturas variadas, como si representaran a personas de diferentes edades. Sin embargo, estos maderos no son rectos, sino que se presentan ligeramente inclinados y curvados, evocando la imagen de hombres, mujeres y niños con hombros caídos, cubiertos de nieve.
La narración se desarrolla con una serie de preguntas que surgen en la mente del observador: “¿Será un cementerio? ¿Esos serán las lápidas?”. En este contexto, el protagonista deambula entre los troncos oscuros, cuyas superficies cortadas acumulan cristales de sal, formando túmulos que se levantan detrás de ellos. En un momento, se detiene al sentir el agua que se filtra bajo sus zapatillas, lo que provoca una reflexión interna: “Qué extraño”, se dice a sí mismo.
Poco después, el protagonista se da la vuelta y se encuentra con una línea que delimita el horizonte, que él supone que es el mar. En este instante, se da cuenta de que es la hora de la pleamar y que la marea está en ascenso. Se pregunta en voz alta: “¿Por qué habrán enterrado en este lugar?”. A medida que el mar crece ante sus ojos, surgen más preguntas: “¿La subida de la marea ocurre de esta manera todos los días? ¿No habrán llevado los huesos más abajo, dejando vacíos?”. Sin embargo, el tiempo es un factor crítico, ya que las tumbas están anegadas y no hay remedio. La urgencia de trasladar los restos enterrados se hace evidente, y el protagonista se siente presionado a actuar de inmediato, a pesar de no contar con herramientas adecuadas, como una pala.
La escena se torna más intensa a medida que el protagonista se mueve, abriéndose paso a través de las tumbas, sintiendo la presión de la situación. En un giro narrativo, se menciona que, al despertar, aún es de madrugada. La visión de la llanura y los troncos oscuros se desvanecen, y el protagonista se queda mirando por la ventana de su habitación, en la oscuridad, antes de cerrar los ojos nuevamente.
El relato revela que esta no es la primera vez que el protagonista experimenta este sueño; la primera vez que tuvo esta visión fue en el verano de 2014, poco después de que se publicara un libro sobre la masacre de Gwangju. Durante los siguientes cuatro años, nunca dudó del significado de este sueño. Sin embargo, a medida que el tiempo avanza, se cuestiona si el sueño está relacionado únicamente con la ciudad, sugiriendo que tal interpretación podría ser demasiado simplista y apresurada.
En el contexto de un clima inusualmente cálido, el protagonista se encuentra en una situación incómoda, tumbado en el suelo de su salón, junto a un aire acondicionado que no funciona, tratando de refrescarse tras varias duchas frías. A las cinco de la mañana, siente que la temperatura ha cambiado, anticipando que el sol saldrá en breve. En ese momento, se da cuenta de que su oportunidad de dormir es escasa. Sin embargo, en un instante, se queda dormido.
De repente, a través de sus párpados cerrados, comienza a visualizar copos de nieve que caen, brillando como cristales de sal. Este momento provoca un estremecimiento en él, similar a la sensación que precede al llanto, aunque no llora. Se pregunta si lo que siente es miedo, angustia, escalofrío o un dolor repentino. Sin embargo, lo que realmente experimenta es una toma de conciencia, un despertar que lo deja temblando de frío.
La sensación es tan intensa que se compara con un cuchillo invisible, de un peso y filo imposibles de levantar, que parece pendular sobre él. En este estado, se siente arrastrado por una oscuridad azul, que lo conecta con las víctimas de un tiempo transcurrido, como si estuviera tratando de prever un vaticinio personal; las lápidas mudas se convierten en un presagio del futuro que lo espera. Este fragmento es parte del inicio de la obra “Imposible decir adiós”.

