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Benjamín Labatut: “Estamos en un momento sísmico, ¿qué significa realmente?”

Benjamín Labatut: “Estamos ante un momento sísmico; ignorarlo es ser ciego”.
Benjamín Labatut: “Estamos ante un momento sísmico; ignorarlo es ser ciego”.

Benjamín Labatut reflexiona sobre la literatura y la realidad en una entrevista cautivadora. Su obra “Maniac” desafía los límites de la escritura contemporánea.

No sé si podría querer más a Argentina, dice Benjamín Labatut en Eterna Cadencia. A su alrededor, se encuentran numerosos libros, y frente a él, sobre la mesa, está MANIAC (Anagrama, 2023), su más reciente publicación, un trabajo que se describe como ambicioso, desmedido y fascinante. Esta obra lo convoca a participar en una entrevista. En el patio de la librería, que también funciona como café, se pueden ver oficinistas disfrutando de un menú ejecutivo, mientras que el sol del mediodía ilumina el lugar.

Labatut, de nacionalidad chilena, aunque nacido en los Países Bajos en 1980, ha estado en Argentina en múltiples ocasiones, incluso ha vivido aquí durante un tiempo. Su aprecio por el país tiene diversas razones, pero en este contexto, rodeado del marco del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), menciona de manera puntual: “Mi mejor amigo, hermano del alma, es un editor de una editorial argentina [Maximiliano Pampandrea de Sigilo] que publica las obras de Jesse Ball”.

La conversación se centra en dos obras que Labatut considera fundamentales. La primera es un libro titulado Autorretrato, que describe como una única obra de literatura confesional que le interesa. Se trata de un libro breve, escrito en un solo día, que aborda la respuesta que necesita un escritor o una escritora. Labatut señala que lo curioso de este libro es que describe una serie de pequeñas distorsiones y rarezas, así como la entrega a romper ciertos límites, confesiones absurdas y la honestidad de ser un “payaso ridículo”. La gloria de este libro radica en su forma de abordar la escritura.

La segunda obra que menciona es un manual sobre sueños lúcidos. Labatut explica que en su momento, este tema podría haber sido de interés para algunas personas curiosas, pero hoy en día, en un contexto donde la realidad se torna cada vez más pesadillesca debido a sucesos políticos y científicos que superan las capacidades humanas, se vuelve necesario. “Deberían enseñarlo en los colegios”, afirma.

Labatut evoca una antigua frase de Goya, grabada en 1799, que dice: “El sueño de la razón produce monstruos”, donde un hombre dormido en su escritorio comienza a ver brotar animales como gatos, búhos y lechuzas, que se convierten en figuras oscuras y vampíricas. Este concepto se sitúa en el centro de su reflexión sobre la vida de John von Neumann, un matemático húngaro-estadounidense que falleció en 1957. Labatut lo describe como un niño prodigio y una eminencia en el campo de la matemática y la mecánica cuántica, quien amplía el espectro hacia personajes reales de su época, formando un ecosistema de ideas, obsesiones y fantasmas que tejen un puente hacia el presente.

En el transcurso de la entrevista, Labatut reflexiona sobre la necesidad de enfrentar los acontecimientos actuales con un mayor dominio de los mecanismos del inconsciente. “Si no, no hay sobrevivencia”, sostiene. Al ser cuestionado sobre si la humanidad ha producido un cambio tan radical que hemos terminado por aceptar esa magnitud, responde que el mundo al que uno puede enfrentarse ya no se basa en criterios simples como antes. “Requiere ver con la cabeza, con razón, ir a la universidad. Entender el día implica, así decirlo, herramientas mágicas, ser un experto lúcido”, explica.

Sin embargo, Labatut también menciona que, a pesar de todo, seguimos produciendo y reproduciéndonos. Reflexiona sobre lo que suele llamarse “gente común” y cómo es fácil detenerse a pensar en lo que significa el avance tecnológico y la inteligencia artificial. “Es común que cada uno piense que es un simple mortal, pero la capacidad instalada entre nuestras orejas es como una máquina fascinante”, dice. Asegura que, aunque puede haber personas menos desarrolladas, los movimientos cotidianos que todos realizamos para sobrevivir son de alta percepción y memoria. Esto, según él, construye una versión personalizada y altamente delirante del mundo.

Labatut continúa su análisis sobre cómo la realidad se vuelve incomprensible y cómo las decisiones que se toman parecen imposibles de comprender. “Cuando se acepta que el ser humano está entregado al delirio, parece raro que lo común haga cosas excepcionales”, afirma. Considera que algunas personas tienen la capacidad de transferir habilidades fértiles del inconsciente, profundas y heredadas, que les permiten avanzar y mostrar a través de su trabajo cotidiano, artístico y profesional.

En su discurso, Labatut menciona que en la actualidad somos capaces de crear objetos de lenguaje que operan por sí mismos, produciendo modulaciones que pueden confundirse con lo humano. “Porque ve afuera nomás. ¿Qué vemos? Avances tecnológicos. Nos llega un celular. Aparecen noticias. Detrás hay un abismo, un mar de pequeños descubrimientos que cambiaron y formaron lo moderno, que nacieron entre 1920 y 1940. Entonces, estamos incubando pesadillas del futuro momento a momento”, explica.

El autor también reflexiona sobre cómo antes se decía que vivíamos tranquilos, pero ahora ya nadie vive en paz. “Hay que cambiar la forma de decir: vivimos aterrados, sin siquiera sospechar los milagros que surgirán en las próximas décadas”, añade. Labatut menciona que la realidad, a pesar de que le gustaría creer que se está reencantando, se presenta desde un lado patológico y delirante, donde los discursos parecen volver a las cavernas.

En su análisis, Labatut destaca que los objetos tienen todas las virtudes de la magia porque entendemos cómo operan: “Sabemos que funcionan. Ejecutamos fórmulas que antes hacíamos como cánticos y que luego producían efectos que sabíamos que ocurrían”. Esta realidad, según él, no se puede ignorar, ya que ha ocurrido a lo largo de la historia, incluso en el pico del Imperio Romano, que se recuperó en 1870.

El autor también menciona que los seres humanos, al igual que cualquier otra especie, están sujetos a cataclismos. En este contexto, plantea la pregunta sobre los avances y monstruos que se desarrollan en las construcciones humanas, tanto en el ámbito cósmico como mitológico. “Porque, por un lado, en la actualidad, compañías como Microsoft están construyendo centrales nucleares para dar energía a modelos artificiales. Esto requiere de infinitas conciencias que seduzcan el discurso político y el dinero, que son pura conciencia y voluntad de expresar”, dice.

Labatut continúa su reflexión sobre la complejidad de entender el impacto real de estos modelos conectados y cómo se relacionan con la fusión de átomos. “Tienes que ver la quimera de los matemáticos alimentados por la fisión de átomos, que son humanos. Su riqueza de sentidos siempre está presente, minuto a minuto”, explica.

El autor también menciona que es imposible entenderse a uno mismo en el contexto de Lovecraft, ya que “brotan cosas que no puedes controlar. Están debajo de tus pies, en Chile, gigantes que mueven mucho, y si caen, todo se desmorona”. Labatut concluye que todo tiene una contraparte inconsciente y que no existe pureza en la humanidad, solo se puede entender aplicando modelos que permitan decir “algo existe”.

En su discurso, Labatut enfatiza que la libertad de conceptos guía nuestras vidas y que cada persona debe cultivar lenguajes concretos y reales, así como irracionales, símbolos e intuición. “Esa es la condición humana: un injerto, una cosa rarísima. Como mínimo, toda persona es doble; ahí se pueden construir muchos niveles más”, afirma.

En un momento de la conversación, Labatut aborda la genialidad y cómo los genios, a pesar de su don superior, pueden ser llevados a lugares oscuros como la tristeza, la locura y el dolor. “¿La genialidad duele?”, se pregunta. A lo que responde que “todo duele. Es doloroso. También es un dolor de mínima conciencia. A medida que crece la conciencia, cualquier ampliación tiene efectos; algunos son positivos, como mayores tasas de claridad”.

El autor menciona que tiene una amiga brillante que es depresiva y que la tristeza, aunque inevitable, permite abrirse a nuevas posibilidades. “Ningún camino hondo implica melancolía, catábasis o procesos de degeneración del ánimo. La lucidez aumenta la sombra, que es la condición humana”, dice. Labatut critica a aquellos que venden la idea de una alegría pura, redención e iluminación como atajos hacia la comprensión. “Solo eres capaz de comprender aquello que afecta y traspasa tu espíritu. Cada idea es una herida. El amor deja cicatrices”, añade.

En su reflexión sobre la búsqueda de la verdad, Labatut menciona que la cultura cristiana olvida que la vida busca “la verdad absoluta” y que está convencido de que encontrar un fundamento en la tierra libre de contradicciones y paradojas es un objetivo difícil. “¿Existe alguna zona imaginaria, ‘libre de paradojas’?”, se pregunta, a lo que responde que sí, pero que es absolutamente destructiva. “El éxtasis completo consume y destruye el ego por completo. La claridad absoluta tiene ejemplos históricos”, explica.

Labatut también menciona que en las tradiciones orientales existe la idea de que la destrucción humana es considerada valiosa y que la inmortalidad tiene un precio: se pierde la mortalidad. “Conocemos momentos de felicidad pura, pero sigue existiendo la entrega opuesta: el placer de regodearse en lo oscuro y rico, acercándose a la muerte”, dice.

En un momento de la conversación, Labatut se refiere a la figura del lector y cómo se relaciona con la escritura. “Siento que el lector es él mismo, eres un escritor-lector. Lee de la manera en que leen los lectores. Escribo como una mezcla de juez, detective y asesino. Estoy tratando de atrapar lo fugaz, lo hermoso e invisible, clavándole infinitos alfileres alrededor”, explica.

El autor también se sorprende por la cantidad de reseñas en YouTube y se muestra familiarizado con el género de los booktubers. Observa que muchos de estos videos son breves y se centran en contar el argumento y recomendar libros, lo que considera vergonzoso. “Presumir que se lee es un acto general. La intensidad vital absoluta que comparten es una intimidad literaria: un diálogo íntimo”, dice.

Labatut concluye que la literatura es una experiencia profunda y que la escritura es un estado en el que se debe estar dispuesto a sacrificar mucho. “Es un acto sincero y secreto. Diría que el aspecto de sacrificarlo es encender algo distinto, que cuesta más que con otras potencias. Son raros y hermosos”, finaliza.

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