Los recientes incidentes de violencia en los colegios han puesto de manifiesto una crisis social más profunda, según expertos en educación y salud mental. La Superintendencia de Educación ha reportado un aumento alarmante en las denuncias por problemas de convivencia, alcanzando un récord de más de 7.500 quejas en la primera mitad de 2024, de las cuales casi el 70% están relacionadas con conflictos entre estudiantes.
La Defensoría de la Niñez también ha señalado que el año pasado, 57 menores se quitaron la vida, lo que refleja una preocupante situación de salud mental entre los jóvenes. Además, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) ha revelado que más de 336.000 jóvenes, equivalentes al 14,2% de la población de entre 15 y 24 años, se encuentran en la categoría de “ninis”, es decir, ni estudian ni trabajan.
Una encuesta reciente de SENDA ha mostrado que uno de cada tres jóvenes se siente un fracaso y más del 40% considera que no tiene valor. Estos datos sugieren que el debate educativo en curso ha estado centrado en cuestiones estructurales, como la propiedad y financiamiento de los colegios, mientras se ignoran las dinámicas internas del aula.
Los expertos advierten que es crucial que las autoridades actúen con urgencia para mejorar las condiciones en las comunidades educativas y fomentar un ambiente de convivencia. Se enfatiza la necesidad de establecer límites claros y de valorar la disciplina y la exigencia académica, que son fundamentales para el bienestar de los estudiantes. Un entorno educativo que proporciona reglas claras y expectativas definidas puede contribuir a que los jóvenes se sientan seguros y apoyados en su desarrollo.
Se destaca que la exigencia académica, cuando se combina con un enfoque integral en la salud mental, es una forma efectiva de demostrar a los jóvenes que se confía en su potencial. Sin embargo, si no se toman medidas preventivas desde una edad temprana, se prevé que la situación se agrave, afectando incluso a la educación superior. Las universidades, que ya enfrentan desafíos para nivelar las brechas académicas, deben estar preparadas para recibir a una generación que ha normalizado la violencia como forma de resolver conflictos.
La experiencia internacional indica que la violencia en los campus puede tener consecuencias devastadoras, afectando la comunidad académica en su conjunto. Por lo tanto, es fundamental que la discusión sobre la seguridad en las escuelas no se limite a la implementación de medidas como detectores de metales, sino que se enfoque en crear acuerdos que prioricen el bienestar de los estudiantes.
Finalmente, se hace un llamado a las instituciones educativas y a la sociedad en general para que se comprometan a proporcionar a los jóvenes las herramientas necesarias para manejar la convivencia y a fortalecer las redes de apoyo y bienestar integral, con el objetivo de evitar que más jóvenes se conviertan en “ninis” o en profesionales frustrados.

