
Los reality shows han cobrado gran popularidad en todo el mundo, y en Chile no es la excepción. Recientemente, un comentario de un participante en uno de estos programas, donde mencionó que iba a “jugar un bono para calmar los nervios”, desató una ola de reacciones en redes sociales, especialmente en X (anteriormente Twitter). Este tipo de menciones, ya sean espontáneas o pagadas, reflejan el creciente vínculo entre el entretenimiento y las casas de apuestas, un sector que ha visto un notable crecimiento en el país.
El mercado de los casinos online en Chile ha evolucionado de ser un nicho a convertirse en un verdadero gigante. Según un informe de la consultora británica Yield Sec, se estima que en 2024, este sector generará ingresos brutos de aproximadamente 3.100 millones de dólares, cifra comparable a la facturación anual del retail de vestuario en un año favorable. Las proyecciones para 2026 sugieren que esta cifra podría ascender a 4.200 millones de dólares, lo que ha llamado la atención de los gerentes de marketing de diversas empresas.
Una de las casas de apuestas más destacadas en este contexto es Betano, que no solo patrocina varios reality shows en Chile, sino que también es el patrocinador principal de la liga de fútbol en Argentina. Los contratos de patrocinio en los reality shows chilenos son significativos; se estima que un paquete completo de patrocinio en un programa con un rating de entre 10 y 15 puntos puede costar entre 90 y 180 millones de pesos por temporada. Este paquete incluye desde la aparición del logo al inicio y final del capítulo, hasta menciones en vivo y sorteos para los televidentes.
En comparación, los contratos de patrocinio en el fútbol son considerablemente más altos. Por ejemplo, el último contrato de Universidad de Chile con una casa de apuestas alcanzó los 1.400 millones de pesos anuales, y el nuevo patrocinador ha ofrecido cerca de 2.500 millones. En Colo-Colo, las cifras rondan los 2.800 millones anuales. Esto pone de manifiesto que el costo de aparecer en un reality es entre diez y quince veces menor que en el fútbol.
El fenómeno no se limita a Chile. En Argentina, el contrato de naming rights para la primera división, que ahora se llama oficialmente Torneo Betano, asciende a 6 millones de dólares anuales por tres temporadas, lo que equivale a casi 5.800 millones de pesos chilenos. Este contrato incluye publicidad en estadios y menciones en transmisiones deportivas, lo que ha llevado a algunos presidentes de clubes chilenos a soñar con un “Campeonato Nacional Betano”.
La audiencia de los reality shows también es un factor atractivo para las casas de apuestas. Un capítulo de un reality puede alcanzar entre 1,8 y 2 millones de espectadores, superando a la mayoría de los partidos de fútbol chilenos, salvo en ocasiones especiales. Además, el público de estos programas tiende a ser más joven y activo en redes sociales, lo que se alinea con el perfil que buscan las plataformas de apuestas.
Sin embargo, la creciente presencia de la publicidad de apuestas en televisión ha generado preocupación. Una encuesta de 2025 reveló que el 78% de los encuestados apoya la prohibición de la publicidad de apuestas en televisión y eventos deportivos. En el Congreso chileno, existen varios proyectos de ley que buscan regular esta publicidad, incluyendo uno que prohíbe los logos en camisetas y otro que exige que un porcentaje de las ganancias se destine a campañas de prevención de ludopatía.
Los contratos de patrocinio en los reality shows y en el fútbol reflejan la dinámica del mercado actual. Mientras que los realitys pueden costar entre 90 y 200 millones de pesos por temporada, los contratos en el fútbol oscilan entre 1.400 y 2.800 millones anuales. La regulación que se discute en el Congreso podría cambiar el panorama, con estimaciones que sugieren que los contratos podrían caer entre un 30% y un 50% tras la implementación de nuevas leyes.
En resumen, la intersección entre el entretenimiento y las apuestas online está transformando la industria del espectáculo en Chile, generando tanto oportunidades como desafíos, y dejando en el aire la pregunta de cómo se adaptará el mercado a las futuras regulaciones.