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El impacto devastador de la pornografía en la infancia: cómo la sexualización afecta a la juventud en la era digital

El acceso temprano a la pornografía distorsiona relaciones y fomenta la violencia.
El acceso temprano a la pornografía distorsiona relaciones y fomenta la violencia.

Un alarmante 20% de los adolescentes en España ha tenido acceso a la pornografía antes de cumplir diez años, mientras que en Chile, la edad promedio de inicio se sitúa en los 11 años, consolidándose como un hábito común a los 13. Estas cifras, más que simples estadísticas, reflejan cómo una generación está aprendiendo sobre el deseo, el consentimiento y las relaciones humanas a través de una pantalla, que en lugar de educar, distorsiona la realidad.

Investigaciones citadas en un artículo de The Conversation indican que el consumo habitual de pornografía normaliza conductas agresivas. Todos los estudios revisados vinculan este consumo con la violencia sexual, y un 80% lo relaciona con la violencia psicológica. Los vídeos que muestran bofetadas, insultos y agresiones grupales acumulan cientos de millones de reproducciones en plataformas de contenido para adultos, enseñando a los hombres que la virilidad se asocia con la dominación y la cosificación de la mujer.

El impacto de la pornografía también es devastador para las adolescentes, aunque con un enfoque diferente. Mientras que los varones aprenden a “desear con violencia”, las mujeres son educadas para ser “deseadas como objetos”. La presión estética y la búsqueda de validación digital las llevan a la autosexualización, según los estudios. En este contexto, plataformas de contenido por suscripción como OnlyFans han mercantilizado el cuerpo femenino bajo una narrativa engañosa de libertad, reforzando la idea de que el valor de una mujer depende de su capacidad para satisfacer la demanda masculina, perpetuando un modelo de deseo basado en la sumisión y la desigualdad.

Para abordar esta problemática, la autora del artículo sugiere que no es suficiente con prohibir el acceso a la pornografía; es necesario tratar el tema como un desafío de salud pública y derechos humanos. Se proponen tres medidas clave:

  • Educación socioafectiva: Implementar programas escolares que aborden el consentimiento, el placer compartido y la diversidad.
  • Alfabetización digital en familias: Las familias deben contar con herramientas que les permitan acompañar el uso de dispositivos y fomentar un pensamiento crítico sobre el contenido consumido en línea, ya que el silencio y el tabú son aliados del consumo precoz.
  • Intervención sanitaria y social: El sistema de salud debe desempeñar un papel preventivo, detectando signos de ansiedad, aislamiento o actitudes sexistas en edades tempranas.

El artículo concluye que, en un mundo donde las pantallas parecen dictar las normas, la responsabilidad de la sociedad adulta es devolver el deseo al ámbito del respeto mutuo.

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