Argentina celebra a sus enólogos el 7 de septiembre, destacando su papel en la creación de vinos únicos y de calidad en diversas regiones vitivinícolas.
Mendoza, reconocida como la principal provincia vitivinícola de Argentina, celebra su propia fecha para honrar a los hacedores de vino el 5 de mayo. Esta provincia produce más del 70% del vino del país. Sin embargo, el 7 de septiembre se ha establecido como una fecha significativa para todos los profesionales que trabajan en las diversas regiones vitivinícolas de Argentina, que abarcan desde La Quebrada de Humahuaca en Jujuy hasta los viñedos en Sarmiento, Chubut, pasando por los Altos Valles Calchaquíes en Salta, Catamarca, Tucumán, San Luis, La Rioja, San Juan, Córdoba, Entre Ríos, Buenos Aires, La Pampa, Neuquén y Río Negro.
El concepto de “terroir”, que proviene de la tradición vitivinícola francesa, enfatiza la importancia del entorno, incluyendo el clima y el suelo, en la producción de vinos que reflejan el carácter del lugar. A lo largo de las décadas, la relevancia de las personas en este proceso ha disminuido en comparación con el prestigio de las zonas vitivinícolas. En la actualidad, muchos enólogos y técnicos cumplen funciones que se limitan a seguir protocolos establecidos, lo que deja poco espacio para la innovación. Sin embargo, este enfoque ha permitido que las regiones vitivinícolas mantengan un reconocimiento global.
En los últimos treinta años, los enólogos argentinos han desempeñado un papel crucial en la evolución de la viticultura del país. Inicialmente, se enfocaron en la enología correctiva, cambiando su atención de lo cuantitativo a lo cualitativo. Aprendieron que el secreto de un buen vino comienza en el viñedo, donde es fundamental alcanzar el momento óptimo de concentración de las uvas. A partir de ahí, se busca crear grandes vinos, interviniendo en la bodega sin comprometer la calidad lograda en el viñedo.
Desde hace aproximadamente una década, se ha abierto una nueva etapa en la interpretación del lugar. Esto implica que, aunque los lugares pueden ser similares, las decisiones que toman los enólogos resultan en vinos diversos. En este contexto, tanto enólogas como agrónomos se han convertido en figuras clave en la viticultura argentina, logrando resultados sorprendentes que, según ellos mismos afirman, son los mejores de la historia.
La tecnología se ha convertido en una aliada fundamental en la elaboración de vino, incluso la inteligencia artificial ha comenzado a jugar un papel en esta profesión. Sin embargo, hay aspectos que son irremplazables, como la sensibilidad necesaria para observar el ciclo vegetativo de la vid y determinar el momento adecuado para la cosecha de las uvas. Esta sensibilidad también se extiende a la degustación de la uva, donde se busca imaginar cómo puede influir en la calidad del vino final.
El proceso de elaboración del vino comienza con la degustación del mosto, el jugo de uva, durante la maceración en frío, donde se busca extraer color y polifenoles. A medida que avanza la fermentación, se realizan diferentes movimientos que influirán en el resultado final. Al concluir el proceso, se lleva a cabo una degustación para verificar si el vino cumple con las expectativas iniciales, y se evalúa cómo se desarrollará en las barricas hasta su embotellado.
La elaboración de vino es un proceso que combina tanto el arte como la técnica. La mezcla de diferentes variedades, conocida como “blends”, es un aspecto crucial en la creación de vinos que buscan una sumatoria de sabores. Aunque la técnica es indispensable, el componente artístico también es fundamental para que el vino trascienda en el tiempo.
En Argentina, todos los productores tienen la oportunidad de elaborar vinos, desde aquellos que producen millones de litros, que en su mayoría se venden en envases de cartón (Tetra Brik), hasta aquellos que crean partidas limitadas de alta gama. La evolución de la industria vitivinícola nacional ha sido notable, y la diversidad de cepas, estilos, orígenes y tipos de crianza ha enriquecido la oferta de vinos en el mercado.
A pesar de los desafíos económicos que han afectado el consumo, la industria vitivinícola argentina se encuentra en una posición favorable para recuperarse y “despegar” nuevamente. La comunicación y la promoción de los vinos son esenciales, y los productores están cada vez más involucrados en explicar sus procesos y productos a los consumidores. La interacción a través de redes sociales, ferias y visitas a bodegas ha permitido que los hacedores de vino se conecten más estrechamente con el público.
En el ámbito de la enología, hay una variedad de profesionales, desde licenciados en enología hasta técnicos formados en colegios secundarios y ingenieros especializados. Cada uno de estos profesionales aporta un valor fundamental al proceso de elaboración del vino. Muchos de ellos son considerados “héroes silenciosos”, cuyas contribuciones son esenciales para el éxito de la industria.
Entre los nombres destacados en el mundo del vino argentino se encuentra Susana Balbo, la primera mujer licenciada en enología en el país, quien ha liderado su propio equipo y ha sabido adaptarse a las tendencias del mercado. Su trabajo ha sido fundamental en la elaboración de vinos de alta calidad, como el Torrontés y el Cabernet Sauvignon, que han ganado reconocimiento internacional.
Otros enólogos notables incluyen a Alejandro Vigil, responsable de Catena Zapata, quien ha demostrado su habilidad para conquistar paladares y atraer nuevos consumidores. Su enfoque en la calidad y la innovación ha sido clave para el éxito de sus vinos, que han alcanzado puntuaciones excepcionales en competiciones internacionales.
La industria vitivinícola argentina continúa evolucionando, impulsada por la pasión y dedicación de sus hacedores, quienes trabajan incansablemente para ofrecer vinos de calidad que reflejen la riqueza y diversidad del país.

