
Concierto barroco es un collage que se está llevando a cabo en el centro histórico de La Habana, donde el artista francés y pionero del arte urbano Ernest Pignon-Ernest rinde homenaje tanto a su propia historia como a su admiración por la obra del escritor cubano Alejo Carpentier. En una conversación con AFP, Pignon-Ernest, quien a sus 83 años está participando en la decimoquinta edición de la Bienal que se celebrará entre noviembre de 2024 y febrero de 2025, explica con picardía: “El papel malo es lo mejor que hay”, mientras da los últimos toques a los dibujos que colgará en una pared de Habana Vieja.
El artista utiliza trozos de periódico recuperados de las rotativas del diario Le Monde y carboncillo sobre piedra negra, lo que refleja su estilo inconfundible. En total, siete rollos compondrán la obra final, que destaca una serie de personajes históricos, incluyendo a Vivaldi, Haendel, el emperador azteca Montezuma y el compositor Joseíto Fernández, autor de la célebre canción “Guantanamera”.
Pignon-Ernest ha decidido vincular este evento con un acontecimiento personal significativo: su primer viaje a Cuba para asistir al funeral de un amigo en 1980. Recuerda: “Sucedió algo increíble”. En 1980, recibió una llamada de la embajada cubana, aunque no entendía lo que le decían porque no hablaba español. Al volver a llamar, le preguntó: ‘¿Me han pedido que vaya a Cuba? No, muerto, nos gustaría que vinieras’.
El artista subraya que no conocía a nadie ni ningún otro lugar en Cuba, y tampoco sabía por qué lo requerían. “Así fui al aeropuerto”, resume aún sorprendido. Al llegar, la viuda del fallecido lo esperaba al pie de la escalerilla del avión. “Ella dijo: ‘A mi marido le gustó la exposición (en el Museo de Arte Moderno de París), quería conocerte’”. Pignon-Ernest recuerda que se sintió abrumado, ya que se trataba de Gabriel García Márquez, quien había ganado el Premio Cervantes en 1977.
El artista también menciona la textura de su obra, que evoca la novela corta de Carpentier, publicada en 1974, que mezcla épocas y continentes. Esta novela narra la historia de un mexicano rico que, tras una escala en Venecia durante el Carnaval, se encuentra con Scarlatti y Louis Armstrong. Pignon-Ernest afirma: “Es absolutamente excepcional. Él afirma, la música tiene una dimensión universal en la cultura”. El protagonista de la obra “lleva simbólicamente la música del Caribe y de África” a Venecia, lo que representa un encuentro de todas esas músicas, convirtiéndose en una especie de metáfora magnífica.
El artista ha regresado a Cuba con la ayuda de un grupo de asistentes y ha fijado su “balcón” en la Plaza de Armas, uno de los lugares más antiguos de la ciudad. Su objetivo siempre ha sido integrar completamente su obra en el lugar. Explica que “cuando el papel mojado se seca, se vuelve muy fino y frágil, y puedo encajarlo en la mínima hendidura de la pared. Hay textura”. Una vez seco, el papel adquiere un relieve inquietante y juega con la perspectiva, mirando a través de la ventana a los transeúntes, que se convierten en cómplices de su obra.
Pignon-Ernest también menciona a los poetas Robert Desnos (1900-1945) y Nicolás Guillén (1902-1989), sumando a su lista de ciudades donde ha trabajado, que incluye Charleville-Mézières, Nápoles, Brest, Soweto, Argel, Puerto Príncipe, Santiago y Ramala. En estas ciudades, ha pegado retratos a tamaño natural, algunos de los cuales se han convertido en íconos, como el de Arthur Rimbaud “joven caminando” y Pasolini sosteniendo su propio cadáver. En la década de 1980, realizó una instalación en la capital chilena con un centenar de imágenes de Pablo Neruda. Pignon-Ernest concluye: “A menudo, los poetas, a través de su destino, encarnan a un país”, y se pregunta: “¿Qué sabríamos de Chile sin ellos?”
El artista destaca que su trabajo se centra en hacer hablar a obras efímeras que solo tienen valor en el lugar donde existen. En sus palabras, “la presencia del dibujo” es lo que conforma su obra.