
El 30 de octubre de 2020, el mundo del fútbol se detuvo para recordar a Diego Armando Maradona, quien falleció a los 60 años. En su cumpleaños, los hinchas de Gimnasia y Esgrima lo homenajearon con un canto que resonó en el aire, mientras él, con una mueca de debilidad, intentaba llegar al centro del campo para recibir el tributo a su gloria. A su lado, Christian Jorgensen, su profesor, lo sostenía, mientras un agente penitenciario lo custodiaba, junto a otros que velaban por su seguridad. La imagen de Maradona, con su rostro marcado por el tiempo y la enfermedad, se convirtió en un símbolo de la tristeza que lo acompañó en sus últimos días.
La tarde de su cumpleaños, Maradona se encontraba rodeado de una multitud que, aunque elegante y festiva, no lograba llenar el vacío que sentía. La celebración, que incluía comida exquisita y champagne, no contaba con la presencia de sus seres queridos más cercanos. “Estaba resignado a las ausencias”, se puede leer en los relatos de aquellos que lo conocieron. La ausencia de su exesposa Claudia, de sus hijos y de amigos de antaño se hacía palpable en un ambiente que, a pesar de su glamour, no ofrecía el calor de la compañía familiar.
Maradona, considerado un ícono del fútbol mundial, había vivido una vida llena de éxitos y también de controversias. Su legado incluye dos Copas América y un Mundial, pero también estuvo marcado por problemas personales y de salud. En sus últimos años, la soledad se convirtió en una constante, a pesar de estar rodeado de personas. “Cuantas más personas lo rodeaban, más solo se sentía”, se menciona en los testimonios sobre su vida.
La relación de Maradona con el fútbol argentino es innegable. Su amor por la camiseta nacional fue profundo, y su mensaje de identidad se hizo evidente en momentos clave de su carrera. En un emblemático partido en Nápoles, donde escuchó silbidos durante el himno argentino, su conexión con el pueblo napolitano se fortaleció. “Primero la Selección, el resto…”, es una frase que encapsula su devoción por el equipo nacional.
Sin embargo, su vida no estuvo exenta de dificultades. En marzo de 1991, un doping positivo lo llevó a una sanción de 15 meses, lo que marcó el inicio de una serie de conflictos personales y legales. A pesar de estos desafíos, Maradona se convirtió en un símbolo de orgullo para los napolitanos, quienes lo veneraban como un rey. Su llegada a la ciudad cambió la percepción de muchos, convirtiendo la vergüenza en orgullo.
La figura de Maradona sigue viva en la memoria colectiva, y su legado se perpetúa a través de actos conmemorativos y homenajes. En el mes pasado, artistas como Manu Chao y la Sinfónica de Lomas rindieron tributo a su vida y obra. Murales en su honor se han erigido en Fiorito, su lugar de nacimiento, y en Nápoles, donde su historia se entrelaza con la cultura local.
El escritor napolitano Maurizio Giovanni expresó en una nota para Gazzetta dello Sport que “jamás hubiésemos querido que aquí en Nápoles muriese solo, triste y abandonado”. Esta afirmación resuena con la cruel realidad de su final, un recordatorio de la complejidad de su vida y de la profunda conexión que tuvo con el fútbol y con la gente que lo amó.