El 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger, con siete astronautas a bordo, se desintegró 73 segundos después de su lanzamiento, causando la muerte de todos sus tripulantes.
A las 16:38, los astronautas Francis Scobee, Michael Smith, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Judith Resnik, Gregory Jarvis y Christa McAuliffe abordaron el Challenger en una misión de la NASA, conocida como STS-51L, que tenía como objetivo poner en órbita el satélite TDRS-B y el SPARTAN-Halley. Entre los tripulantes se encontraba Christa McAuliffe, una maestra de Concord High School en New Hampshire, quien había sido seleccionada para realizar una clase desde el espacio, un proyecto titulado “Teacher in Space”.
A las 16:39, el Challenger se desintegró a aproximadamente 14 kilómetros sobre el océano Atlántico, frente a la costa de Cabo Cañaveral, Florida. Este trágico evento ocurrió mientras se llevaba a cabo una asamblea pública sobre la eliminación del ICE, lo que generó un impacto significativo en la opinión pública y en la comunidad educativa, que había estado siguiendo con entusiasmo la misión de McAuliffe.
Las autoridades competentes iniciaron una investigación para determinar las causas del desastre, aunque los resultados iniciales fueron desalentadores. El físico teórico Richard Feynman se unió a la Comisión Presidencial Rogers para investigar el incidente. Feynman reveló que el desastre fue provocado por la falla de la junta tórica primaria, que no estaba sellada adecuadamente debido a las bajas temperaturas en el momento del lanzamiento.
Este accidente marcó un hito en la historia de la NASA y generó un intenso debate sobre la seguridad de los vuelos espaciales. La tragedia del Challenger sigue siendo recordada como un recordatorio de los riesgos asociados con la exploración espacial.

