La llegada de José Antonio Kast a La Moneda plantea serios desafíos para el mundo del arte en Chile, no por la posibilidad de prohibiciones directas, sino por un riesgo más sutil y prolongado: el desfinanciamiento y la censura blanda. Este contexto se caracteriza por un discurso moralista que busca limitar la creación artística a lo que no incomode, lo que podría tener efectos devastadores en la libertad de expresión y la diversidad cultural.
La ultraderecha, según críticos, no concibe el arte como un medio para cuestionar el status quo, sino que prefiere lo convencional y lo que refuerza una identidad rígida. En este sentido, cualquier forma de arte que aborde temas como la rabia, la diversidad o la memoria es catalogada como “ideológica” o “activista”, lo que puede llevar a los artistas a la autocensura. Para la generación que ha crecido con plataformas como Spotify, TikTok y YouTube, esta situación no es abstracta; implica una reducción de espacios de expresión y apoyo, así como una circulación limitada de sus obras.
El arte, históricamente, ha sido una trinchera emocional que no requiere permisos ni alineaciones políticas. Su capacidad para incomodar al establishment es vista como una amenaza por los regímenes autoritarios. En este contexto, se destaca que la ultraderecha no suele llegar al poder promoviendo la cultura, sino que lo hace bajo promesas de orden y seguridad, y una vez en el poder, tiende a considerar el arte y la libre expresión como parte del “desorden” que busca erradicar.
La falta de referentes artísticos en la ultraderecha se debe a su visión del arte como un estorbo, ya que no produce resultados inmediatos ni se ajusta a la lógica del control. En contraste, el arte invita a la duda, la ambigüedad y la contradicción, elementos que son rechazados por el autoritarismo. En este sentido, se plantea que un retroceso en el ámbito artístico también representa un retroceso para la sociedad en su conjunto.
La pregunta que surge es si se desea una cultura indómita y diversa o una que sea domesticada y uniforme. La elección se reduce a un dilema entre libertad y control. Si el miedo prevalece, el arte sufrirá, se precarizará y perderá visibilidad. La historia ha demostrado que cuando el arte se silencia, el poder se expresa sin oposición, lo que históricamente ha tenido consecuencias negativas para los jóvenes, la música y el futuro cultural del país.

