La velocidad ideal de marcha para obtener beneficios cardiovasculares seguros se establece en torno a los 4,8 kilómetros por hora, un ritmo que muchas guías definen como un paso “vigoroso” o “rápido”. Esta recomendación se basa en la evidencia que sugiere que caminar a esta velocidad puede mejorar la salud del corazón mediante una actividad física sencilla y accesible para la mayoría de las personas. La investigación moderna resalta la importancia de caminar con suficiente intensidad para activar parámetros medibles en el sistema cardiovascular.
Según estimaciones, un ritmo de aproximadamente 100 pasos por minuto se considera el mínimo, mientras que 130 pasos por minuto se calificarían como un paso vigoroso. Diversos estudios respaldan estos hallazgos. Un análisis que incluyó a más de 50,000 adultos en Inglaterra y Escocia reveló que aquellos que reportaban caminar “rápido” tenían un menor riesgo de mortalidad por cualquier causa, así como de enfermedades cardiovasculares. En el Biobanco del Reino Unido, se observó que caminar a un ritmo rápido también se asociaba con tasas de mortalidad más bajas, incluso después de ajustar por múltiples factores.
El ejercicio moderado, que se mide en kilómetros por hora, suele equivaler a un esfuerzo moderado para los adultos. De manera práctica, se puede estimar la cadencia necesaria para alcanzar un umbral mínimo de 3 METs, mientras que un ritmo más elevado se aproxima a un rango superior. Otra forma de verificar la intensidad del ejercicio es mediante el “test de habla”: si una persona puede mantener una conversación, pero no puede cantar, se considera que está en un nivel moderado; si le cuesta encadenar frases, probablemente está en un nivel vigoroso. Este método es válido porque se alinea con los umbrales ventilatorios que delimitan las zonas de esfuerzo.
Más allá de las caminatas regulares, se ha demostrado que estas mejoran los parámetros cardiometabólicos. Una revisión sistemática y un metaanálisis de ensayos controlados concluyeron que los programas de caminata incrementan la capacidad aeróbica y reducen la presión arterial, así como las medidas de adiposidad en personas que previamente eran inactivas. Estas mejoras ayudan a explicar por qué una constancia adecuada en la actividad física reduce los eventos adversos a lo largo del tiempo.
Para quienes desean aumentar el estímulo de su ejercicio, se pueden aplicar estrategias simples. La primera es incorporar intervalos: alternar entre minutos de caminata suave y minutos de caminata rápida. Un programa de “interval walking” ha demostrado elevar la aptitud cardiorrespiratoria y mejorar un índice compuesto de salud en personas de mediana y mayor edad, siendo los tramos rápidos un factor clave para el éxito. La segunda estrategia consiste en elegir trayectos con ligeras pendientes o superficies irregulares, lo que aumenta el gasto energético, activa la musculatura y desafía el equilibrio y la propiocepción.
En cuanto a la cantidad de ejercicio necesaria, la Organización Mundial de la Salud recomienda que los adultos realicen al menos 150 minutos de actividad moderada a la semana, o 75 minutos de actividad vigorosa, o una combinación equivalente, sin necesidad de acumularlos en bloques largos: cada minuto cuenta. Las metas pueden alcanzarse caminando 30 minutos, cinco días a la semana, o realizando dos sesiones diarias de 15 minutos. Cuando sea posible, es recomendable mantener un ritmo de 4,8 km/h, prestando atención a las señales internas: si se respira con dificultad, se siente calor y se puede hablar con cierta dificultad, se indica que se está en la zona adecuada.
Además, la percepción de esfuerzo es relativa: lo que puede ser exigente para una persona puede no serlo para otra, debido a diferencias en altura, condición física y medicación. Por ello, es importante considerar el estado físico de cada uno y progresar de manera gradual. Un reloj o una aplicación que estime la frecuencia cardíaca puede ser útil: el 50% al 70% de la frecuencia cardíaca máxima teórica corresponde a un esfuerzo moderado, mientras que el 85% se asocia con un esfuerzo vigoroso. Quienes prefieren no utilizar dispositivos pueden apoyarse en sus sensaciones y contar el número de pasos por minuto. Por último, se sugiere fragmentar el ejercicio a lo largo del día. Recientes estudios muestran asociaciones graduales entre el volumen diario de actividad y la cadencia, que sirven como marcadores prácticos de intensidad. En síntesis, combinar cantidad —más pasos— con calidad, es decir, caminar con comodidad sin llegar al agotamiento, convierte la caminata en una herramienta eficaz y sostenible para cuidar la salud del corazón.

