La economía china enfrenta un periodo de incertidumbre, con interrogantes sobre su recuperación y las políticas que Pekín implementará para fomentar el crecimiento. Tras años de crecimiento del PIB a doble dígito, las autoridades chinas han reconocido la necesidad de un cambio hacia un crecimiento de “alta calidad”. Sin embargo, este cambio de modelo no es el único factor que ha contribuido a la falta de brillo de la economía china tras los años de la política de “cero covid”.
China: más dudas que certezas por su economía
Los analistas han señalado que la baja demanda nacional es uno de los principales problemas que enfrenta el país. Después del trauma causado por la pandemia de covid-19, los ciudadanos chinos se muestran más cautelosos que nunca. Según una encuesta realizada por el banco central, un 62% de los encuestados planea ahorrar más en el futuro, una cifra que se aproxima a los máximos históricos y que refleja una reticencia general al gasto.
Además, la economía china se enfrenta a riesgos de deflación, con un índice de precios al consumidor (IPC) que promedia un 0,3% entre enero y noviembre. A esto se suma una crisis inmobiliaria que aún no ha tocado fondo, lo que representa un riesgo significativo, dado que la vivienda es uno de los vehículos de inversión más populares y accesibles para las familias chinas. La misma encuesta del banco central indica que solo un 13,3% de los participantes tiene intención de invertir, la tasa más baja registrada hasta la fecha.
Esta situación ha llevado a un desplome en la confianza de los consumidores, que ha alcanzado mínimos históricos en los últimos meses, al igual que la confianza en el sector privado. En respuesta a esta situación, el presidente chino, Xi Jinping, ha instado a aumentar los esfuerzos para alcanzar el objetivo de crecimiento oficial, que se sitúa en “alrededor del 5%”.
¿Estímulos insuficientes?
Durante un periodo prolongado, Pekín se mostró reacio a implementar medidas de estímulo significativas, con el objetivo de evitar la inflación que afectó a las economías occidentales tras la pandemia. Esta reticencia se debió a preocupaciones sobre la alta deuda pública, la oposición de Xi Jinping al “asistencialismo” y la necesidad de proteger el valor del yuan en un contexto global de endurecimiento monetario.
El cambio en la política de estímulos pareció abrirse tras el final de las subidas de tipos de interés en Estados Unidos, lo que llevó a los inversores a anticipar medidas de apoyo al consumo. A finales de septiembre, las autoridades chinas convocaron varias ruedas de prensa para discutir medidas de apoyo, pero la clave estaba en el tamaño del paquete de estímulos.
El 8 de noviembre, las autoridades anunciaron programas por un total de aproximadamente US$1,4 billones, aunque estos estaban más enfocados en la reestructuración de la “deuda oculta” acumulada por los gobiernos regionales y locales. Alicia García Herrero, de Natixis, había advertido que el anuncio sería “muy diferente” y que se centraría “más en limpiar la deuda tóxica que en estímulos de verdad”. Su colega, Gary Ng, señaló que el ahorro en intereses, que se estima en unos US$82 mil millones en cinco años, proporcionaría más margen a los gobiernos locales para reactivar sus inversiones.
Los analistas esperaban que se anunciaran US$825 mil millones en un techo de deuda adicional, así como otros US$550 mil millones en bonos especiales para adquirir terrenos sin construir o inmuebles sin vender, como parte de un apoyo al sector inmobiliario, que se encuentra en una situación crítica, y en un plan de recapitalización para los grandes bancos estatales.
De la decepción… a Trump
En diciembre, las autoridades chinas anunciaron un cambio en su política monetaria, pasando de una postura “prudente” a una “moderadamente flexible”. Este cambio incluyó un mayor déficit, recortes en las tasas de interés y en los ratios de reserva bancaria, así como una mayor emisión de bonos especiales del Tesoro a largo plazo. También se mencionaron políticas fiscales “más proactivas” y “iniciativas especiales” para dar un “impulso enérgico” al consumo.
Sin embargo, analistas e inversores continúan mostrando desconfianza ante la falta de detalles concretos sobre estas medidas. La consultora Capital Economics advirtió que, aunque podría haber un repunte a corto plazo debido a los estímulos, no están convencidos de que las políticas de apoyo sean suficientes para evitar una mayor desaceleración económica en 2025.
La trayectoria de las bolsas chinas refleja esta incertidumbre. El optimismo inicial llevó a que Hong Kong alcanzara máximos desde 2022, con un aumento del 34% en un mes. Sin embargo, desde ese pico, que se marcó el 7 de octubre, ha acumulado una caída del 14%, aunque aún se mantiene por encima de su media anterior. En la China continental, el índice CSI 300, que sigue a los 300 principales valores de Shanghái y Shenzhen, ganó un 33% en un mes, pero desde el 8 de octubre ha perdido un 8%.
Además, se anticipa un recrudecimiento de la guerra comercial con Estados Unidos, especialmente con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Trump, quien inició esta guerra comercial en 2018, ha prometido más aranceles contra China en las últimas semanas. Aunque Capital Economics estima que el impacto de aranceles estadounidenses del 60% sobre el PIB chino sería solo del 1,1%, también indica que Pekín podría permitir una depreciación del yuan, limitando el impacto de estas tasas a un 0,7%, y a un 0,5% si no se controla el trasbordo de mercancías a través de terceros destinos.

